2010-08-09

Fragmento del Capítulo XXXVIII del Libro Segundo

XXXVIII

EN MEDIO DE LA BATALLA DE VALVERDE

El ambiente se tensaba minuto a minuto.
Mientras tanto, el Coronel Canby mandó que la mayoría de la guarnición del fuerte Craig marchase a Valverde, él a la cabeza de las tropas. Pues alcanzando su destino, el coronel nordista desplazó casi todo su comando, artillería incluida, a la vera oriental del río, dejando apostados a los regimientos Primero y Segundo de Nuevo México en la orilla occidental.
Por la tarde, el resto de las fuerzas sudistas, correspondiente al Cuarto Regimiento de Rifles Montados comandados por el Coronel Tom Green y un batallón del Séptimo de Texas bajo el mando del Teniente Coronel John Sutton, reuniéronse en el vado.
Y como el General Sibley fue indispuesto de mandar su brigada luego de permanecer en los vagones de suministros desde la mañana, el Coronel Green pasó a tomar el mando, y, por vez, delegó el suyo al Mayor Samuel Lockridge, que el Cuarto de Texas no se quedase sin oficial al mando. Tom Green envió entonces una compañía lancera para cometer a otra alineada a la diestra de la Unión, que pensó, tratábase de una compañía verde de los Voluntarios de Nuevo México. Cuál no sería su sorpresa al enterarse de que tal no era sino una aguerrida compañía de Colorado que a vuelta de ojo repelió la carga, derrocando a veinte jinetes e hiriendo a muchos otros, los caballos abatidos o muertos.
No embargante, los lanceros, que se vieron forzados a replegarse en sus posiciones, pertrecháronse de cabo con escopetas y revólveres y tornaron a cometer la vanguardia de la Unión. La vocería y los traquidos hicieron encrespar las aguas del arroyo Valverde, cuanto más las del Río Grande, que cerca de allí caminaban mansamente.
Fue durante el curso de la más grande batalla de la Guerra de Secesión, que un jinete, yendo al galope, rompió el velo de humo resultas de los estallos de las baterías que ahondaban el suelo. Al fin aparecía Renco; empero, a la zaga de él venían los mercenarios y los doce confederados, quienes, habiendo salido a la meridiana de Paraje Perillo, otearon desde la Mesa de la Contadera el desplazamiento de la Unión, y, por consiguiente, supusieron que El Alacrán tomaría la misma ruta para que no le pudiesen prender tan fácilmente.
Se aprontó nuestro héroe a desenfundar sus Colt U.S. Marshall, soltó las riendas y quebrando la cintura tiró dos pistoletazos con los que abatió a dos de los doce sudistas, y el resto encaró los rifles sobre la marcha de manera que fueron descargándolos; mas la fortuna siempre estuvo del lado de Renco, el cual, de lance en lance, logró sortear los riflazos. Entonces El Chamuco y Cuatro Narices se espaciaron de la compañía y rehuyeron del corazón de la batalla, donde las facciones se henchían a tiros, sablazos y demás.
Durante la persecución, El Alacrán no osciló en abatir de un tiro a cualesquiera otros soldados que no fuesen de la Unión, y los mercenarios, por lo contrario, plagaron de navajazos y pistoletazos a los de uno y otro bando. Luego que dieron un rodeo, los villanos vinieron a quedar lejos delante de Renco, el cual Renco, viéndolos venir, comenzó de cargar sus revólveres, que después de tantos tiros eran vagos de municiones; en este medio, Jimmy Cuatro Narices asestó su pistola, pero la malaventura le avino que al momento de presionar el percutor, su revólver se atoró y no despidió la carga.
El Alacrán reparó en que ambos estaban en las mismas circunstancias; por tanto, el uno y el otro se ocuparon en cebar bien sus pistolas a medida que se dejaban ir al más correr de sus caballos contra sí, de modo que quien fuese más ligero, echaría por tierra al que resultase más despacioso. A la postre nuestro héroe se aventajó a su contrincante y estando muy cerca el un caballo del otro, soltó dos pistoletazos y Jimmy fue volar a tierra y su montura hincó las manos, volcándose. Sin embargo, El Chamuco, que iba detrás de su compañero, lanzó una navaja la cual envasó los pechos de la caballería de Renco, y se vino abajo junto con él.
Descabalgó el navajero y fue a ver si Cuatro Narices era muerto. Cuando paróse a un lado de él, le dio un ligero puntapié, que volviese en sí caso que aún fuese vivo. No respondió al estímulo y El Chamuco dijo para sí:
—Por lo que veo, ahora tendré que rascarme con mis propias navajas...
En esto Chamuco vio alzarse del suelo a Renco.
—¡He gringo! —exclamó el malhechor sacando dos cuchillos de su capote—. Será mejor que corras antes que te alcance.